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NOVELA

Es necesario penetrar en una dimensión diferente, muy distinta a la vida común, para sacar de ella vivencias que sólo pueden ser interpretadas mediante la confrontación con otros arquetipos.

Traigo aquí dos de mis novelas, Ingénito obra escrita a inicios de la década de los noventa y el Anciano de las Rosas, cuyos primeros capítulos, exactamente hasta el capítulo siete, fueron escritos en 1993, y concluidos en 1996. Ambas novelas podéis leerlas y, también, descargarlas gratuitamente.

Muestra de Novela.

Ingénito y El Anciano de las Rosas, son metáforas de redención sicológica.

En estas novelas los párrafos se convierten en muestras vivas de una ética y moral diferentes de la común y cotidiana. Los diez y seis capítulos de Ingénito y los veintiún capítulos de El Anciano de las Rosas, resumen acontecimientos internos, una lucha permanente por reducir las taras sicológicas humanas en polvo cósmico...

Aquí, el héroe, lo mismo que cualquier persona que quiere desintegrar los horribles defectos sicológicos que reinan en su interior, busca la cueva donde vive el dragón. Encontrada la cueva, sin duda tras persistente empeño, desciende por una peligrosa escalinata que conduce a los oscuros recovecos donde respira el dragón, ¡vamos, que oscuridad tan persistente reina aquí!; esta características y otras que las circunstancias se empeñen en colocar en el camino, favorecen al amo de las oscuras galerías. El dragón, nuestros defectos sicológicos, vive en esa lóbrega cueva provista de ingentes tesoros. Debemos enfrentar al dragón y darle muerte con aquella espada forjada por el fuego bien encausado de una sexualidad trascendente. Sólo matando al dragón podremos emanciparnos de sus terribles efectos, aquí Dios madre, María la virgen, nos socorrerá, sólo ella tiene el poder para darnos la fuerza necesaria para desintegrar al dragón. Muerto el dragón, nos convertimos en héroes, en ángeles, en dioses del Universo, en una palabra: conquistamos el tesoro que guarda el dragón.

La vida pone, permanentemente, a nuestra disposición los vehículos que pueden conducirnos hasta lo más recóndito de nuestro interior. Puede entregarnos una nave griega de los antiguos tiempos para que podamos capitanearla en busca del bellocino de oro. La inmensidad del mar nos ofrece un itineratio de grandes aventuras, Eolo está de nuestra parte, hincha las velas con su aliento y allá vamos raudamente dejando una estela brillante tras nuestro. En este viaje es inevitable anclar en Creta, para nosotros está previsto incursionar en el misterioso y oscuro laberinto donde habita el Minotauro.

El laberinto es nuestra mente, el Minotauro es la legión de defectos sicológicos que allí conviven.

Entrar al laberinto de la bestia requiere de todo nuestro valor y voluntad. ¿De qué nos estamos olvidando en esta proeza? ¡Ah, sí! De Ariadna y del ovillo de hilo que ella nos entregará, sin el cual nos sería imposible llegar hasta el corazón del laberinto y luego salir de allí. La mujer, en estos trances decisivos, es la protagonista principal, ninguna hazaña trascendente se podría lograr sin ella. Devanando el ovillo que se nos entregara, nos adentramos en la oscura confusión de pasadizos, en cualquier recodo traicionero podría sorprendernos la bestia.

Llegando a las profundidades del laberinto, encontraremos a una membruda criatura, su hipnótica presencia aterra, los sinuosos vapores que salen de su cuerpo nos indican que su poder es enorme. Una ingente energía eléctrica se esconde por debajo de su vientre; una mirada a sus espaldas nos confirmaría que esa energía ha generado trás de sí una larga cola. ¡Horrores, ¿como es posible que este apéndice exude tanta lubricidad?! Toda perversidad esconde enorme lubricidad, fuego sexual desviado. ¡Si no lo viéramos, no lo creeríamos! Esta característica de la mente nuestra ha convertido a nuestro planeta en un infierno, basta observar nuestro entorno para confirmarlo. Alguién dirá que el Homo sapiens es bueno y que su mente es maravillosa; si fuera así, un simple estímulo venido del exterior nuestro no nos ubicaría en el lugar exacto de nuestra barbarie: insultamos, nos llenamos de ira, golpeamos, humillamos, envidiamos, nos inflamos de orgullo y de vanidad, difamamos, codiciamos y miles de cosas más.

Armados con espada, arco y flechas, protegidos con armadura, casco y escudo, enfrentamos al Minotauro. Estas armas son virtudes, son dones, que hemos logrado atesorar hasta el momento. Vulcano ha fabricado estas armas, las ha forjado en su fragua, Vulcano es la fuerza sexual; el fuego renueva incesantemente la naturaleza, no hay otra cosa aparte del fuego tan poderosa capaz de producir verdaderos cambios. Dios Madre nos ayuda en esta lucha, vencemos en la lid y salimos del laberinto enmadejando el hilo de Ariadna. Aquí no acaba este viaje, en la Cólquida tenemos que derrotar al dragón que custodia el bellocino de oro.

¡Ah, que peripécias tan difíciles de vencer se nos presentaron y nuestro viaje aún no acaba!

A las profundidades de la mente, Desciende Dante Alighieri. Allá, en las profundidades suyas encuentra una enorme multiplicidad de defectos sicológicos, todos ellos con cuerpo e inteligencia propios. En ese mundo cuyos panoramas son exactamente iguales a los del exterior, pero sumidos en una atmósfera delictuosa, se desenvuelven todas las actividades humanas. Como es adentro, es afuera.

Una visita a estos interiores, nos llevará por parajes de llanto, de dolor y absoluto sufrimiento. Para empezar, mucho de lo que nosotros conocemos como angelical y provisto de un aura luminoso, tras una verdadera observación interna, nos mostrará su verdadero aspecto: un cuerpo enfermo golpeado por su propia inclemencia personal.

La multiplicidad de criaturas sufrientes que se nos pondrán por delante, encarnan la lujuria, la avaricia, la soberbia, la envidia, la ira, la violencia, la mentira y otros miles de absurdas anatomías conviviendo bajo un cielo de perpetua agresividad mutua. En el exterior, en la vida diaria, estas groseras formas se iran turnando minuto a minuto; bastará el estímulo apropiado para que se manifieste la ira y toda su perversa cara, aparecerá otro estímulo y la ira será remplazada por la envidia y todas sus luctuosas consecuencias, un instante despúes se expresará la soberbia y todas sus malolientes poses; esta no podrá mantenerse por mucho tiempo y será suplido por el hurto. Sin duda este engendro tampoco es permanente y será anulado por cualquiera de las miles de formas defectuosas que conforman la variada fauna que habita en esos infiernos. ¡Vaya reinando momentáneo! Una persona así, infestada por esos parásitos, no es dueña de sí, es víctima de las circunstancias. ¿Habrá una persona, lo suficientemente perversa, como para enviar el estímulo necesario capaz de desencadenar una guerra? La hay.

Aquí, en los infiernos de la mente están los avaros, están los dilapidadores. Nuestra exhaustiva mirada no se perderá la presencia de los injuriadores, de los hipócritas, de los aduladores, de los traidores. La perspicacia nos hará dar con aquellas criaturas internas tan groseras que con su abyecta agresividad oscurecen el entorno donde se esconden otros defectos personificados.

Este viaje por los infiernos de la mente no tiene nada de ficticio, es real.

Observando a cada una de estas criaturas en su exacta intimidad, diseccionándolas con el bisturí del cabal investigador, desmenuzándolas con la perspicaz mirada del científico dispuesto a descubrir todas sus particularidades orgánicas y fisiológicas, sin duda se comprobará que es posible conocerlas en toda su magnitud efímera. Es posible colocar a cada uno de estos engendros en el banco de los acusados en una corte interna, es posible acusarlos de cada uno de los malestares que nos causa, de todos los inconvenientes a los cuales nos ha conducido, de todos los malos ratos a los que nos hizo caer, de todos los sufrimientos a los cuales nos ha empujado, de todos los padecimientos que nos ha puesto en el camino. Podemos acusarlos de todo aquello luctuoso que ha salido de nosotros en contra de otras personas. Podemos acusarnos. Esto es el purgatorio de Dante Alighieri. Hombre conócete a ti mismo...

Conocidos en su intimidad, estos engendros abismales, pueden ser destruidos. Teniendo todas las pruebas que los acusa, estas aberraciones pueden ser condenadas, debe aplicárseles la pena capital. Debemos ser severos contra nosotros mismos. Toda justificación en favor de estas absurdas creaciones de la mente, nos traerá de regreso a las frías, sufrientes y lóbregas regiones del infierno; es imprescindible no mirar hacía atrás.

Dios Madre, la virgen María, Beatriz la mujer, es aquella que nos llevará hasta el paraíso. Sólo ella tiene el suficiente poder como para destruir las defectuosas entidades que habitan en nuestro interior. Sólo ella puede limpiar los infiernos nuestros y transformarlo en un refulgente paraíso. Si Dios Padre gobierna en nuestra cabeza y Dios Hijo en nuestro corazón, Dios Madre gobierna en nuestra sexualidad.

Dios crea mediante el sexo, todo lo existente tiene un origen sexual; ningúna otra fuerza conocida o desconocida puede lograr estos hechos trascendentales de destrucción egóica, ninguna teoría es capaz de conseguirlo, todo el intelecto con su enorme suspicacia o perspicacia no podrá hacerlo, ninguna maroma respiratoria o gastronómica puede lograrlo, ninguna buena intención lo consigue, nada humano lo podrá alcanzar. Para la desintegración de estas caricaturas de la oscuridad es necesaria una fuerza que se encuentra más allá de la humana, sólo Dios Madre puede hacerlo.

Si decimos que todo proceso genesíaco enfoca procesos sexuales, concluiremos que el orígen de los defectos sicológicos tienen un orígen sexual. Allá en lo arcáico del tiempo estos defectos sicológicos se han originado sexualmente, han tenido un orígen sexual y la única manera de destruirlos es aquella que les dio orígen.

Estas entidades sufrientes, no pueden destruirse así mismas, la mente puede urdir muchas cosas para esconderlas, puede utilizar las más sutiles intensiones e indicar que las ha destruido, pero realmente en lo profundo se mantienen vivos en espera de una oportunidad para aflorar. Con la edad y la experiencia no pueden ser destruidas, la lujuria de un anciano o el odio de un religioso continúa siendo el mismo que en la juventud o en todo caso de un tiempo pasado, sólo que atenuados o escondidos por un cuerpo sin el estimulo hormonal o por las teorías misticas. Cuando muere un defecto, nace una virtud. Cuando una persona ha destruido todos sus defectos ha alcanzado la santidad absoluta, es un Hijo de Dios, impoluto; entonces puede curar con las manos, dar vida con el verbo, la naturaleza le es obediente, puede conversar cara a cara con los ángeles, puede tener concilios concientes con los dioses del infinito.

Una mano femenina abre las puertas del paraíso. Lo fue así desde siempre; la sexualidad trascendente de aquellas mujeres que fueron compañeras permanentes de los apóstoles del Cristo, sus esposas, convirtió a estos en habitantes del paraíso.

Esto es alquímia. Si podemos crear oro en nuestro interior, podemos hacer lo mismo en el exterior. Hombre conócete a ti mismo y podras conocer el Universo...

 

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Los manzanos dan manzanas, los nogales dan nueces. Los manzanos no pueden dar nueces, ni los nogales manzanos, todo está determinado por una condición genética adquirida a través del tiempo. De la misma manera, nosotros, los animales con intelecto, damos un fruto determinado gracias a aquella síntesis que cada uno de nosotros ha acumulado dentro de sus órganos sexuales.
La síntesis de todo lo que somos está depositada aquí en nuestros órganos sexuales. Gran parte de esta síntesis la hemos heredado de nuestros padres y antepasados.
Aquí adentro, bajo una atmósfera provista de sutiles vientos seminales, esta síntesis es alimentada permanentemente, a cada instante algo más se inscribe en ella. Cada acto nuestro, cada pensamiento nuestro, cada sensación nuestra, cada sentimiento nuestro, deja allí constancia de su actividad.
Una diminuta vida aloja esta síntesis en su inteligente cuerpo, una vida muy distinta a todas las demás del cuerpo donde vive.
El sustrato donde vive la diminuta vida, es el vasto escenario donde se desarrollan vivencias que no tienen nada de extraño con la vida ordinaria de los humanos. Allí, en ese ambiente se desarrollan acontecimientos, dramas, epopeyas, donde las principales acciones son el producto de lo que sucede allá arriba, en lo grande...
Si el odio es parte de nuestra vida, entonces, la diminuta vida, lo tomará y asimilará como una parte inherente de sí misma. Así sucederá con todos los componentes que ese pequeño ser asimile; cada defecto sicológico imprimirá su firma dentro de él, lo mismo que cada virtud.
La condición genética se escribe permanentemente dentro de cada individuo, gran parte de lo que en vida heredamos, por no decir todo, son causados por factores externos, muy poco o casi nada es el fruto de una iniciativa propia. Lo físico y lo sicológico lo hemos ganado como una respuesta a los estímulos externos.
Si nos exponemos al sól, nos tostamos, si nos ponemos a la sombra tomamos una piel pálida. Si alguién nos elogia sonreímos y si a cambio se nos desmerece, nuestra apatía es notoria. Todo nos sucede. Lo externo nos moldea, el entorno acciona de manera decisiva en nuestras vidas.
Allí en nuestro interior, nuestras células sexuales, siguen esta misma regla de moldeo externo. Todas nuestras características físicas y síquicas que en ellas se acumulan provienen desde el exterior, y así con todos sus logros son trasmitidos a nuestros descendientes.
Lo acumulado en nuestro interior da su fruto. Todos los impactos venidos del exterior no tendrán otra respuesta diferente que aquella que la generó. Nuestras obras son el resultado de lo que tenemos en nuestro interior. La historia humana nos lo dice.
 
Indecisión
 
Es posible modificar el ambiente de nuestro interior? Allá están nuestros defectos sicológicos, nacen con nosotros, se manifiestan a determinadas edades y los estímulos externos los fortalece más a través del tiempo. ¡Horror! ¿Nuestro mundo es un infierno?
¿Acaso es posible ingresar hasta nuestra intimidad y allí con la mirada de un investigador imparcial, descubrir, observar, analizar, a todos aquellos individuos aviesos que hemos hecho nacer, crecer, fortalecerse y hasta reproducirse en otras feas caricaturas? ¿Cuánto de horror hay allí adentro? ¿Cuánto de bello?
Nuestras obras... ¿Acaso nuestras obras, proveniendo de estos interiores, podrán ser maravillosas? ¿Acaso lo ebrio, no producirá productos también ebrios? Y, ¡acaso lo violento no producirá semillas violentas?
Nuestras obras apresuran la extinción de los animales y producen guerras. Nuestas obras contaminan el maravilloso planeta que se nos dió como morada e incrementan el odio. Un exámen profundo de nuestras acciones nos llevará a esta conclusión.
En los varios miles de años que tenemos sobre el planeta Tierra no hemos tenido paz alguna, por el contrario hemos querido conseguir paz usando la violencia, ¡qué desatino!
 
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